miércoles, 14 de enero de 2026

#PINTURA - El minimalismo de Miguel Ángel Rodríguez Silva + PAINTING - The Minimalism of Miguel Ángel Rodríguez Silva



 Miguel Ángel Rodríguez Silva se erige como un fervoroso militante del minimalismo más esencial y combativo. Su compromiso no es otro que una defensa rigurosa de esta corriente como vía para alcanzar la máxima capacidad plástica con el mínimo de recursos materiales, lo cual incluye, de manera crucial, la contención en el uso del color.

La obra de Rodríguez Silva se presenta desnuda de artificios; es lo que el espectador ve, libre de fuegos artificiales o cualquier tipo de barroquismo. Esta austeridad lo sitúa, legítimamente, en la estela del suprematismo y de los pioneros de la abstracción geométrica.

Al contemplar estas dos piezas, surge la pregunta: ¿qué observamos realmente? Es, a mi juicio, el eco de una escultura de hierro llevada al lienzo en su expresión más mínima. Si bien la sencillez formal puede inducir a pensar que su ejecución es trivial, esta percepción es errónea. La aparente facilidad desmiente la necesidad de una profunda intención, un dominio técnico preciso y una clara conceptualización. El resultado es arte en estado puro, un ejercicio de contemplación que no busca narrar ni proponer una tesis explícita.

La primera pintura ejemplifica un encaje perfecto de módulos pintados, cuya precisión geométrica evoca la labor de un fresador experto en metal. La segunda, por su parte, sugiere unas ranuras o hendiduras colocadas con exactitud matemática sobre una superficie. En efecto, tanto el suprematismo como la abstracción geométrica se fundamentan en el orden, siendo un arte matemático, casi una ciencia pura.

Ambas obras convergen en su enfoque, destacando la sencillez cromática. Sus paletas, sin ser estrictamente básicas, se aproximan a la esencialidad. En esencia, estamos ante la armonía, ante un monocorde pictórico destinado al disfrute estético de la sensibilidad humana.


Miguel Ángel Rodríguez Silva stands as an ardent militant of the most essential and combative minimalism. His commitment is none other than a rigorous defense of this movement as a path to achieve the maximum plastic capacity with the minimum of material resources, which crucially includes restraint in the use of color.

Rodríguez Silva’s work is presented stripped bare of artifice; it is simply what the viewer sees, free from fireworks or any type of Baroque excess. This austerity places him, quite legitimately, in the tradition of Suprematism and the pioneers of geometric abstraction.

Upon contemplating these two pieces, the question arises: what are we truly observing? It is, in my judgment, the echo of an iron sculpture brought to the canvas in its most minimal expression. Although the formal simplicity might lead one to believe its execution is trivial, this perception is misleading. The apparent ease belies the need for a profound intention, precise technical mastery, and clear conceptualization. The result is art in its purest state, an exercise in contemplation that seeks neither to narrate nor to propose an explicit thesis.

The first painting exemplifies a perfect interlocking of painted modules, whose geometric precision evokes the work of an expert metal miller. The second, for its part, suggests grooves or indentations placed with mathematical exactitude upon a surface. Indeed, both Suprematism and geometric abstraction are fundamentally based on order, being a mathematical art, almost a pure science.

Both works converge in their approach, highlighting the chromatic simplicity. Their palettes, while not strictly basic, approach essentiality. In essence, we are before harmony, before a pictorial monochord intended for the aesthetic enjoyment of human sensibility.


Dosmilcien

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